Saturday, May 20, 2006

Rilke, un poeta para la soledad


Rainer María Rilke
(Austria, 1875-1926)

Canción de amor

¿Cómo poder retener mi alma para que no roce
la tuya? ¿Cómo poder elevarla
por encima de ti hacia las otras cosas?
Ay, cómo quisiera yo instalarla
en un sitio perdido en la oscuridad, allí,
en un lugar ajeno y silencioso donde
no tenga ella que temblar cada vez que tus entrañas tiemblan.
Porque todo lo que nos toca a ti y a mí
nos une de inmediato, como el arco del violín
que de dos cuerdas saca una sola nota.
¿A qué instrumento estamos siendo atados?
¿Y qué violinista nos tiene entre sus manos?
¡Oh, dulce canción!



A la música

Música: respiración de las estatuas. Tal vez:
silencio de cuadros. Tú, lenguaje,
donde termina todo lenguaje. Tú, tiempo.
colocado perpendicularmente
sobre los corazones que desvanecen.

Sentimientos, ¿para quién? Oh, tú, transformación
de sentimientos, en qué: en paisaje audible.
Música, tú, extraña. Tú,
espacio del corazón desprendido de nosotros:
tú, nuestro más íntimo espacio,
que presiona por salir y nos trasciende.
Sagrada despedida:
allí donde nos rodea lo interior
como la más recorrida de las distancias,
como el otro lado del aire:
puro,
gigantesco,
pero ya no habitable.




La muerte


Ahí está la muerte, un extracto azulado
en una taza sin platillo.
Un extraño lugar para una taza,
el estar sobre el dorso de una mano.
Muy bien se reconoce la curva esmaltada
la rotura del asa. Polvorienta en escritura gastada
sobre su lado externo, la palabra Esper-anza.

Esto lo ha descifrado ya el bebedor de turno,
en un desayuno lejano.

¿Qué clase de seres son estos
que hay que terminar espantando con veneno?

¿Se quedarían si no? ¿No enloquecerán aquí
en esta cena tan llena de dificultades?
Es necesario quitarles el duro presente,
así como se saca una dentadura postiza.
Entonces ellos balbucean y continúan balbuceando, balbuceando...

................................................................
Oh lluvia de estrellas,
vista desde un puente, alguna vez.
No olvidarte. ¡Permanecer!




La amada perdida de antemano

Oh tú, amada perdida de antemano,
nunca venida, yo no sé
qué músicas te gustan. Ya no intento
reconocerte cuando lo venidero ondula.
Las imágenes todas, los paisajes remotos,
ciudades, torres, puentes y los giros
inesperados que hay en los caminos,
lo poderoso de países
antaño entrecruzados con los dioses:
todo asciende a un sentido, en mi interior;
a ti, que estás huyendo.

Ay, eres los jardines,
ay, los miré con tanta
esperanza. Una ventana abierta
en la casa de campo y tú casi salías,
pensativa, hacia mí. Encontré callejuelas
que tú acababas de pisar,
y a veces los espejos de las tiendas estaban
todavía embriagados de ti, y con susto daban
mi imágen demasiado repentina. ¿Quién sabe
si sonó el mismo pájaro através de nosotros,
ayer, en el crepúsculo?



Matrimonio

Ella está triste, silenciosa y sola.
Mira, ella padece. Tus noches se postraron
sobre sus silenciosas, poco excitadas noches,
cual roca derrumbándose.

Cientos de veces en tu avidez sosterrada,
la envenenaste y la despilfarraste;
pero el que una vez sola, al igual que un donante
silencioso y oscuro, te hincaras de rodillas
junto a ella, te hace varonil y es muy tuyo.

(Meudon, primavera de 1906)



Los separados

Más que perdidos, más, para mí, que ya muertos...
transformados en otro nombre que yo no sé;
que ni siquiera me amenaza:
cuándo fue, que no me venían las palabras
y algo paralizante me impidió
el llamarte, cuando te me escapabas,
tú que ahora me atraes a veces, y me obligas,
tú, la siempre lejana, hacia ti,
como hacia una estrella que yo nunca veré.


¿Quién eres ahora tú, en matrimonio extraño,
desde el que quizá nunca mires hacia lo lejos?
Tenemos una cosa en común: yo sucedo
en la soledad mía, y tú, tú sucediste...

Más no sé de ninguno de los dos.
Y, sin embargo, existe un ángel, a quien
le sea aún difícil distinguirnos.
Pero él sabrá también si estamos padeciendo.

(París, mediados de agosto de 1907)



La amante

De ti tengo nostalgia. Me deslizo
desde mi propia mano, perdiéndome a mí misma,
sin esperanza de luchar contra eso
que, como de tu parte, viene a mí,
serio y sin vacilar, sin relación.

...aquellos tiempos: cómo era yo un solo ser,
nada que me llamara, ni que me traicionara;
mi silencio era igual que una piedra
sober la que el arroyo desliza su murmullo.

Pero en primavera, estas semanas,
algo me ha desgajado muy despacio
del año oscuro e inconsciente.
Algo ha puesto mi pobre vida cálida
en las manos de alguno que no sabe
lo que yo era hasta ayer.



Leda

Cuando el dios, en su apuro, entró en el cisne,
sintió casi temor de hallarlo tan hermoso;
y, muy confuso, en él se sumergió.
Pero su treta ya le arrastraba a la acción,

aún antes de probar los sentimientos
de aquel ser no probado. Y ya la abierta
reconoció en el cisne al que venía
y supo ya: solicitaba algo

que ella, confundida, mientras se resistía
ya no podía ocultar: Descendió él, y, ondulando
su cuello contra la mano rendida, el dios

se abandonó en la amada.
Sólo entonces sintió, gozoso, su plumaje
y de verdad fue cisne en su regazo.

(1908)



Canción para dormir

Si alguna vez te pierdo
¿podrás dormir, sin que,
cual la copa de un tilo,
me pierda, susurrando, sobre ti?

Sin que yo vele y deposite,
como si fueran párpados,
palabras en tus pechos,
en tus miembros y boca.

Sin que te cierre y deje
a solas con los tuyo,
como un jardín con masas
de melisa y anís.




Soneto IV (De Sonetos a Orfeo)



Oh, éste es el animal inexistente.
Ellas no lo sabían, mas de todas maneras
- su caminar, su cuello, su postura y la luz
de su mirar callado- ellas lo amaron.

Es verdad, no existía. Pero, por lo amaron,
se hizo el animal puro. Dejaban simpre espacio.
Y en el espacio, claro y reservado, alzó
con levedad la testa y no necesitó

apenas existir. No lo nutrían con grano;
con posibilidad de ser, únicamente.
Y ésta proporcionó tal fuerza al animal

que se alzó de su frente un cuerno. Un solo cuerno.
Y él, blanco, se acercó a una muchacha virgen
y existió en espejo de plata y dentro de ella.

(1923)





Canción



Tú, a quien no digo que en la noche
yazgo llorando,
cuyo ser me da sueño
como una cuna.

Tú, que no dices si ella vela
por micausa:
¿qué te parecería
si este esplendor lo soportásemos,
sin calmarlo, en nosotros?
--------
Observa a los amantes:
a la hora de las confesiones,
qué pronto mienten.
--------
Me haces sentirme solo. Sóloa ti te transformo.
A veces eres tú,a veces tu murmullo,
o aroma sin residuos.
Ay, en mis brazos he perdido a todas,
sólo tú vuelves siempre a renacer:
porque nunca te tuve, te retengo.








Al escribirte, un jugo
brotó de la masculina flor,
que para mi ser hombre
es rica y enigmática.

¿Sientes, cuando me lees,
lejana cariñosa, qué
dulzor fluye en el cáliz
femenino, dispuesto?


(Ragaz, 22 de julio de 1924)

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