Monday, August 28, 2006

Georg Trakl, poesía expresionista o la melancolía del ocaso.






GEORG TRAKL,
poesía expresionista o la melancolía del ocaso
Austria (1887-1914)

OTOÑO TRANSFIGURADO

Así termina el año majestuosamente
con aúreo vino y frutos de las huertas.
En derredor los bosques callan admirables
y son los camaradas del solitario.
Entonces dice el campesino: está bien.
Vosotras largas y suaves campanas del atardecer
dadnos un ánimo alegre hasta el final.
Una bandada de pájaros saluda en su viaje.
Es el dulce tiempo del amor.
En la barca, río abajo
-que hermosas se aparean las imágenes-
todo se hunde en calma y en silencio.



EN UN ALBUM ANTIGUO

Retornas sin cesar, melancolía,
oh regalo del alma solitaria.
Arde hasta el final un día de oro.
El ser paciente se inclina humilde ante el dolor
resonante de armonía y tierno delirio.
¡Mira! Ya va oscureciendo.
Otra vez vuelve la noche y se lamenta un mortal
y hay otro que sufre con él.
Tiritando bajo las estrellas del otoño,
año tras año se inclina más profundamente la cabeza.



NOCHE DE INVIERNO

Cuando la nieve cae en la ventana
y tañe lenta la campana vespertina,
está puesta la mesa para muchos,
preparada la casa.

Por oscuros senderos
llega algún caminante hasta la puerta.
Dorado florece el árbol de los dones
con la savia fresca de la tierra.

En silencio el viajero entra en la casa.
El dolor petrifica
el umbral; pero en la mesa
en una halo de luz inmaculada
brillan el pan y el vino.





EN LA OSCURIDAD

La primavera azul silencia el alma.
Bajo el húmedo ramaje del poniente
se hundió estremecida la frente de los amantes.

Oh, la cruz verdecida. En diálogo oscuro
se reconocieron hombre y mujer.
Junto al muro desnudo
camina con sus estrellas el solitario.

Sobre los senderos del bosque en claro de luna
reinó el desenfreno de cacerías olvidadas;
la mirada de lo azul
irrumpe de la roca derruida.




EL SOL


A diario llega el sol amarillo sobre el cerro.
Es hermoso el bosque, la bestia oscura,
el hombre que caza o que apacienta.

De rojo asoma el pez en el verde de la alberca.
Bajo el cielo redondel
boga leve el pescador en su barca azulada.

Sin prisa va a sazón el racimo, viene el grano.
Al caer callado el día,
bien y mal ya están dispuestos.

Al entrar la noche,
leve alza el caminante el peso de sus párpados;
de la oscura garganta el sol despunta.




VERANO

Al atardecer calla el lamento
del pájaro en el bosque.
Se inclina la mies,
la roja amapola.

Una negra tormenta amenaza
sobre la colina.
El antiguo canto del grillo
perece en el campo.

Ya no se mueve el follaje
del castaño.
En la escalera de caracol
susurra tu vestido.

En silencio alumbra el candil
en la habitación oscura;
una mano plateada
la apaga.

Quietud del viento, noche sin estrellas.





DE PROFUNDIS

A la orilla de la aldea
la gentil huérfana recoge escasas espigas.
Sus ojos redondos y dorados recorren el crepúsculo
y su regazo anhela al esposo celestial.

De regreso al hogar
unos pastores hallaron el dulce cuerpo
descompuesto en el espino.

Una sombra soy lejos de oscuras aldeas.
El silencio de Dios
bebí en la fuente del bosque.

Sobre mi frente golpeó un frío metal.
Arañas buscan mi corazón.
Hay una luz que se apaga en mi boca.

De noche me encontré en un páramo,
colmado de deshechos y de polvo de estrellas.
En los avellanos
tintinearon otra vez ángeles cristalinos.





MELANCOLÍA

Sombras azuladas y esos ojos oscuros
que al pasar me miran hondamente.
El sonido del otoño se acompaña con guitarras
y en el jardín se disuelve su ceniza impura.
Las pesadumbres sombrías de la muerte
preparan sus delicadas manos.
De pechos opulentos beben descarnados labios
y en la piel dorada del niño solar
ondulan húmedos sus rizos.





MI CORAZÓN EN EL OCASO

Al atardecer se oye el grito de los murciélagos.
Dos caballos negros saltan en la pradera.
El arce rojo murmura.
El caminante encuentra el hostal en el camino.
Magnífico es el vino joven con las nueces.
Magnífico tambalearse ebrio en el bosque crepuscular .
A través del oscuro follaje suenan campanas dolorosas.
Ya sobre el rostro gotea el rocío.




LOS ENMUDECIDOS
Ah, locura de la gran ciudad, al caer la tarde
a oscuros muros clavados miran árboles informes,
en máscara de plata el genio del mal observa,
luz con látigo magnético repele a la noche de piedra.
Ah, sumido son de campanas en ocaso.

Puta que alumbra entre helados temblores a un niño muerto.
Ira de Dios que azota furiosa la frente del poseso,
púrpura peste, hambre que rompe en trizas los ojos verdes.
Ah, la horrorosa risa del oro.

Mas calmada mana en guarida oscura humanidad más callada,
y en duros metales conforma la cabeza salvadora.





QUIETUD Y SILENCIO

Pastores enterraron al sol en el desnudo bosque.
Un pescador sacó
en su delicada red a la luna del lago helado.

En el azul cristal
habita el hombre pálido,
la mejilla apoyada en sus estrellas;
o inclina la cabeza en sueño purpúreo.

Siempre inquieta al contemplador
el negro vuelo de los pájaros
que en el azul sagrado de las flores
piensa en el cercano silencio del olvido,
en ángeles extintos.

De nuevo oscurece la frente en rocas lunares;
y radiante surge la hermana
en otoño y negra podredumbre.



CREPÚSCULOS EN EL ALMA

Silenciosa va a dar al lindero del bosque
una bestia oscura;
en el cerro acaba quedo el viento de la tarde,

enmudece en su queja el mirlo,
y blandas flautas del otoño
callan entre los juncos.

En una negra nube
navegas ebrio de amapolas
la alberca de la noche,

el cielo de los astros.
Aún resuena la voz de luna de la hermana
en la noche del alma.




SUEÑO

Sueño y muerte, águilas de tiniebla,
rondan rumor de noche esa frente:
a la dorada imagen del hombre
parece engullir la ola helada
de lo eterno. En arrecifes estremecedores
púrpura el cuerpo zozobra.
Y se alza la oscura voz en su queja
de la mar.
Hermana en turbulenta pesadumbre,
mira una barca de angustia sumirse
entre estrellas
en el callado rostro de la noche.





ALMA DE NOCHE

Furtivo desciende de los negros bosques
un venado azul, el alma.
Es de noche y sobre los escalones musgos os
se ve una fuente blanca.

La sangre y un grupo de armas antiguas
murmuran en el valle de los pinos.
La luna brilla siempre en parajes derruidos;
embriagada por venenos oscuros,
máscara de plata inclinada
sobre el sueño de los pastores;
cabeza abandonada en silencio por sus sagas.

Oh, abre ella sus frías manos bajo arcos de piedra
mientras lento sube un dorado verano a la ciega ventana
y toda la noche se oyen sobre el verde
los pasos de la danzarina,
y la voz de la lechuza que llama al ebrio
en púrpura tristeza.






GRODEK

De atardecida suenan los bosques otoñales
de armas mortales, las praderas doradas
y los lagos azulados, el sol sobre todo
se ahonda en sombras: la noche abraza
a guerreros moribundos, el quejido fiero
de sus bocas destrozadas.

Pero callada en el fondo de los prados,
roja nubareda que habita un dios de ira, se congrega
la sangre derramada, frío de luna;
todos los caminos desembocan en negra podredumbre.

Bajo doradas enramadas de la noche y las estrellas
por el soto silencioso va la sombra de la hermana dando tumbos,
saluda a los espectros de los héroes, las cabezas que aún sangran,
y quedas suenan en el juncal las flautas oscuras del otoño.

¡Tristeza orgullosa! ¡Altares de acero!
Alimenta hoy la llama ardiente del espíritu un dolor violento
de nietos no nacidos.



VERFALL (DECADENCIA)
Am Abend, wenn die Glocken Frieden läuten,
Folg ich der Vögel wundervollen Flügen,
Die lang geschart, gleich frommen Pilgerzügen,
Entschwinden in den herbstlich klaren Weiten.
Hinwandelnd durch den dämmervollen Garten
Träum ich nach ihren helleren Geschicken
Und fühl der Stunden Weiser kaum mehr rücken.
So folg ich über Wolken ihren Fahrten.
Da macht ein Hauch mich von Verfall erzittern.
Die Amsel klagt in den entlaubten Zweigen.
Es schwankt der rote Wein an rostigen Gittern,
Indes wie blasser Kinder Todesreigen
Um dunkle Brunnenränder, die verwittern,
Im Wind sich fröstelnd blaue Astern neigen.


DECADENCIA
Al atardecer, tañen campanas a la paz,
cuando sigo milagrosos vuelos de las aves
que, como procesión piadosa, en largo haz,
se pierden en claras, otoñales vastedades.

Vagando por el jardín crepuscular
mi sueño va hacia sus más claros destinos
y la manecilla siento apenas avanzar.
Así sigo, sobre nubes, sus caminos.

De decadencia el hálito allí me hace temblar.
El mirlo se queja en las ramas deshojadas.
Vacila roja vid en rejas herrumbradas,
mientras, cual de pálidos niños corro mortal
entorno a un brocal que gasta el tiempo, sombrío,
el viento inclina amelos azules en el frío.




HELIAN

En las horas solitarias del espíritu
es bello caminar al sol
a lo largo de los muros amarillos del verano.

Quedamente suenan los pasos en la hierba;
pero siempre duerme el hijo de Pan en el mármol gris.

Al atardecer en la terraza
nos embriagamos de vino negro.
Rojizo brilla el durazno en el follaje.
Sueva sonata, risa alegre.

Bella es la quietud de la noche.
En la oscura pradera
nos encontramos con pastores y blancas estrellas.

Cuando el otoño llega
una sobria claridad aparece en el bosque.
Caminamos tranquilos a lo largo de los muros rojos
y los ojos redondos siguen el vuelo de las aves.
Al atardecer desciende el agua blanca en los mausoleos.

En las ramas desnudas se potencia el cielo.
El labrador porta en sus manos puras el pan y el vino
y maduran apacibles los frutos en el albergue soleado.

Oh, que severo es el rostro de los muertos queridos.
Pero el alma se complace de esta justa contemplación.

Magnífico es el silencio del jardín devastado
cuando el joven novicio corona su frente
con el pardo follaje,
y su aliento bebe un oro helado.

Las manos tocan la edad de aguas azuladas
y en la fría noche las blancas mejillas de la hermana.

Tenue y armónico es un paseo
por estancias acogedoras
donde hay soledad y entre el rumor del arce
quizá canta el tordo todavía.

Bello es el hombre surgiendo de la oscuridad,
cuando sorprendido mueve brazos y piernas
y los ojos silenciosamente giran en órbitas purpúreas.

Al anochecer se pierde el extranjero
en la negra destrucción de noviembre,
bajo ramas descompuestas,
junto al muro cubierto de lepra;
donde antaño el santo hermano ha pasado
abstraído de la suave música de su locura.

Oh cuán solitario acaba el viento de la tarde.
Moribunda se inclina la cabeza en la sombra del olvido.

Conmovedor es el ocaso de la estirpe.
En esta hora se llenan los ojos del que observa
con el oro de sus soles.

Al atardecer se hunde un timbal que ya no suena,
caen los negros muros de la plaza,
llama el soldado muerto a la oración.

Como un ángel plácido
entra el hijo en la casa vacía de sus padres.

Las hermanas partieron donde blancos ancianos.
De noche las encontró el durmiente
bajo las columnas del pórtico,
rerornando de tristes peregrinajes.

Oh, cuán rígidos sus cabellos llenos de limo y gusanos,
cuando él se levanta sobre pies plateados
y aquellos difuntos salen de habitaciones despojadas.

Oh, los salmos en la lluvia de fuego de la medianoche.
Los siervos azotan los dulces ojos con ortigas,
y los pueriles frutos del sauce
se inclinan asombrados sobre una tumba vacía.

Suavemente ruedan lunas amarillas
sobre las febriles sábanas del adolescente,
antes del silencio invernal.

Un destino sublime desciende meditando el Kidrón,
donde el cedro, tierna criatura,
se despliega bajo las cejas azules del padre.
Por la llanura un pastor guía de noche su rebaño.
Hay gritos en el sueño
cuando un ángel de bronce
aborda al hombre en la floresta,
y la carne del santo en ardiente parrilla se derite.

Por las cabañas de adobe surgen purpúreas vides, sonoras gavillas de amarillenta mies,
el zumbido de las abejas, el vuelo de la grulla.
Al atardecer se encuentran los resucitados
en los caminos rocosos.
En negras aguas se reflejan los leprosos
o rasgan sus vestiduras manchadas de inmundicia
llorando al viento balsámico
que sopla de la colina rosada.

Muchachas esbeltas tantean por las calles nocturnas
anhelando a su pastor enamorado.
Los sábados suena en las cabañas una dulce canción,
y se evoca también el canto, memoria del muchacho,
su delirio, las cejas blancas y la partida,
del cadáver que abre los ojos azulados.
Oh, qué triste reencuentro.

Los peldaños de la locura en negras habitaciones,
las sombras de los mayores bajo la puerta abierta,
cuando el alma de Helian se mira en el espejo rosado
y nieve y lepra caen en su frente.

En las paredes se apagan las estrellas
y las figuras blancas de la luz.

Del tapiz surgen los esqueletos de las tumbas,
el silencio de cruces derruidas en la colina,
la dulzura del incienso en el viento púrpura de la noche.

Oh, quebrados ojos en el fondo de negras cavidades,
saben que el nieto en dulce tiniebla
medita solitario en el más oscuro fin,
esperando que el Dios silencioso
baje sobre él los párpados azules.



KASPAR HAUSER'S SONG
Para Bessie Loos

He truly loved the purple sun, descending from the hills,
The ways through the woods, the singing blackbird
And the joys of green.

Sombre was his dwelling in the shadows of the tree
And his face undefiled.
God, a tender flame, spoke to his heart:
Oh son of man!

Silently his step turned to the city in the evening;
A mysterious complaint fell from his lips:
“I shall become a horseman.”

But bush and beast did follow his ways
To the pale people’s house and garden at dusk,
And his murderer sought after him.
Spring and summer and – oh so beautiful – the fall
Of the righteous. His silent steps
Passed by the dark rooms of the dreamers.

At night he and his star dwelled alone.
He saw the snow fall on bare branches
And in the murky doorway the assassin’s shadow.
Silvern sank the unborne’s head.


Para Bessie Loos
Amaba el sol que purpúreo bajaba la colina,
los caminos del bosque, el negro pájaro cantor

y la alegría de lo verde.



Serio era su vivir a la sombra del árbol
y puro su rostro.
Dios habló como una suave llama a su corazón:
!Hombre!

La ciudad halló su paso silencioso en el atardecer;
pronunció la oscura queja de su boca:
soñaba ser un jinete.

Pero le seguían animal y arbusto,
la casa y el jardín de blancos hombres
y su asesino lo asediaba.

Primavera y verano y el hermoso otoño del justo,
su paso silencioso
ante la alcoba sombría de los soñadores.
De noche permanecía solo con su estrella.

Miró caer la nieve sobre el desnudo ramaje
y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán.
Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún.



AL JOVEN ELIS

Al atardecer, tañen campanas a la paz
cuando sigo milagrosos vuelos de las aves
que, como procesión piadosa, en largo haz,
se pierden en claras, otoñales vastedades.
Vagando por el jardín crepuscular
mi sueño va hacia sus más claros destinosy la manecilla siento apenas avanzar.
Así sigo, sobre nubes, sus caminos.
De decadencia el hálito allí me hace temblar.
El mirlo se queja en las ramas deshojadas.
Vacila roja vid en rejas herrumbradas,
mientras, cual de pálidos niños corro mortal
en torno a un brocal que gasta el tiempo, sombrío,
el viento inclina amelos azules en el frío.






LAMENTACIÓN

Sueño y muerte. Las águilas tenebrosas,
se abaten, toda la noche, sobre esta cabeza;
la imagen áurea de los hombres,
podría se devorada por la gélida ola
de la eternidad. Contra horribles arrecifes
se hace añicos el cuerpo púrpura.
Y la voz se lamenta
sobre el mar.
Hermana de tempestuosa melancolía
mira: un bote receloso se hunde
bajo las estrellas, bajo
la cara silenciosa de la noche.








CANCIÓN DEVOTA
Signos, singulares bordados
describe un trémulo macizo de flores.
El azul aliento de Dios
penetra en el pabellón del jardín,
penetra sereno.
Se eleva una cruz en la silvestre viña.

Escucho como domina el júbilo en la aldea,
próxima al muro ciega el jardinero,
se oye la suave música de un órgano
que mezcla sonidos y fulgores dorados,
sonidos y fulgores.
El amor santifica el pan y el vino.

Entonces entran las muchachas
y por último canta el gallo.
Lenta funciona una caduca verja
y entre guirnaldas de rosas y rondas,
rondas de rosas
descansa María blanca y pura.







SALMO

A Karl Kraus

Hay una luz que el viento ha extinguido.
Hay una taberna que en la tarde un ebrio abandona.
Hay una viña quemada y negra.
con agujeros llenos de arañas.
Hay un cuarto que han blanqueado con leche.
El demente ha muerto.
Hay una isla de los mares del sur
para recibir al dios del sol. Tocan los tambores.
Los hombres ejecutan danzas de guerra.
Las mujeres contonean las caderas
entre enredaderas y flores de fuego,
cuando el mar canta. Oh nuestro paraíso perdido.

Las ninfas han abandonado los bosques de oro.
Sepultan al extranjero.
Comienza entonces una lluvia ígnea.
El hijo de Pan surge
bajo la apariencia de un peón caminero,
que duerme al mediodía sobre la tierra ardiente.
Hay niñas en un patio con vestiditos
de una pobreza desgarradora.
Hay salas colmadas de acordes y sonatas.
Hay sombras que se abrazan ante un espejo ciego.
En las ventanas del hospital
se calientan los convalecientes.
Un barco blanco remonta el canal
cargado con epidemias sangrientas.

La hermana extranjera surge de nuevo
en los malos sueños de alguien.




ANIF

Recuerdo: gaviotas deslizándose sobre un oscuro cielo
de melancolía masculina.
Sosegado habitas tú a la sombra del fresno otoñal,
y absorto en las formas de la colina
desciendes por el verde río cuando reina la tarde,
melodioso amor:
apaciblemente te busca el oscuro venado,

y un hombre rosado. Ebria de viento azul
roza la frente el follaje agonizante
mientras recuerdas el rostro adusto de la madre;
Oh, cómo se hunde todo en lo oscuro;

las lúgubres habitaciones y los viejos utensilios
de los ancestros conmueven el pecho del extranjero,
Oh, signos y estrellas.

Grande es la culpa del que ha nacido.
Ay, dorados escalofríos de la muerte,
cuando el alma sueña flores más frescas.

Siempre grita en las ramas desnudas el ave nocturna.
Al paso de la luna
suena un viento helado en los muros de la aldea.

2 comments:

ANA ROSA BUSTAMANTE said...

georg trakl, mi amigo en algunas noches, leerlo me desahoga, me comprende.

te envío un poema que creo que es expresionista .

los invito a mi blog
http://anarosabustamantevaldiviachile.blogspot.com

ANA ROSA BUSTAMANTE said...

a veces se parece aquella estrella la muerte
que muerde los anillos de mis dedos que acarician
y aún recuerdo los dedos rozando las torneadas
noches que ensillada merecía en tu bravura.

qué pretendes capitán de los trastornados vientos
que no alcanzo a respirar y mi corazón se agrieta
el mundo va barriendo las estrellas
y un sueño se ha quedado en mi pecho.

está vacío este pedazo de estómago y duele y
aprieta y mi mano lo hunde lo desaparece
cada día me conduce una negra estatua
que no diviso y me remeda y me llora o me grita
y sangra sobre mis manos.

no sé que sucede en este cuerpo, estos pechos
que acariciados no despiertan ahora tullidos ni cantan
ni ateridos ni turgentes te nombran,
no los llamas, no los piensas, a los que lamiste
sin eternidad, ahora muertos casi.

se me entorna lo vacío de mis ojos, de mi noche
y gimo porque no entiendo este mundo y se me va
a pedazos yendo.

con la edad de mi madre siento que voy muriendo,
inevitablemente, voy a su encuentro.