Sunday, November 19, 2006

RAÚL ZURITA, paisajes para una obra.

RAÚL ZURITA, Chile, 1950.





PASTORAL DE CHILE

III

Allá va la que fue mi amor, qué más podría decirle
si ya ni mis gemidos conmueven
a la que ayer arrastraba su espalda por las piedras
Pero hasta las cenizas recuerdan cuando no era
nadie y aún están los muros contra los que llorando
aplastaba su cara mientras al verla
la gente se decía "Vámonos por otro lado"
y hacían un recodo sólo para no pasar cerca de ella
pero yo reparé en ti
sólo yo me compadecí de esos harapos
y te limpié las llagas y te tapé, contigo hice agua
de las piedras para que nos laváramos
y el mismo cielo fue una fiesta cuando te regalé
los vestidos más lindos para que la gente te respetara
Ahora caminas por las calles como si nada de esto
hubiera en verdad sucedido
ofreciéndote al primero que pase
Pero yo no me olvido
de cuando hacían un recodo para no verte
y aún tiemblo de ira ante quienes riendo te decían
"Ponte de espalda" y tu espalda se hacía un camino
por donde pasaba la gente
Pero porque tampoco me olvido del color del pasto
cuando me querías ni de azul
del cielo acompañando tu vestido nuevo
perdonaré tus devaneos
Apartaré de ti mi rabia y rencor
y si te encuentro nuevamente, en ti me iré amando
incluso a tus malditos cabrones
Cuando vuelvas a quererme
y arrepentida los recuerdos se te hayan hecho ácido
deshaciendo las cadenas de tu cuello
y corras emocionada a abrazarme
y Chile se ilumine y los pastos relumbren

IV

Son espejismos las ciudades
no corren los trenes, nadie camina por las calles
y todo está en silencio
como si hubiera huelga general
Pero porque todo está hecho para tu olvido
y yo mismo dudo si soy muerto o viviente
tal vez ni mis brazos puedan cruzarse sobre mi pecho
acostumbrado como estaban al contorno de tu cuerpo
Pero aunque no sobrevivirán muchas cosas
y es cierto que mis ojos no serán mis ojos
ni mi carne será mi carne
y que Chile entero te está olvidando
Que se me derritan los ojos en el rostro
si yo me olvido de ti
Que se crucen los milenios y los ríos se hagan azufre
y mis lágrimas ácido quemándome la cara
si me obligan a olvidarte
Porque aún hay miles de mujeres en quien poder
alegrarse y basta un golpe de manos
para que vuelvan a poblarse las calles
no reverdecerán los pastos
ni sonarán los teléfonos ni correrán los trenes si
no te alzas tú la renacida entre los muertos
Hoy se han secado los últimos valles
y quizá ya no haya nadie
con quien poder hablar sobre la tierra
Pero aunque eso suceda
y Chile entero no sea más que una tumba
¡Despiértate tú, desmayada, y dime que me quieres!






Los nuevos pueblos


Y era tu cara el borde de estos cielos,
el manto mío de las estrellas.
Al mirar hacia arriba no vi nada
sino tu permanencia, las pinturas
de tu rostro, la deriva de tus antepasados
inundando las altas nubes. Esos
son los ríos que se abren.
En otro tiempo fuimos encontrados
y ya vivimos en las primeras células,
en los abismos de los mares,
en las primitivas danzas que el asombro
le ofreció al fuego.

Por eso somos ríos que se abren, brazos, cauces, torrentes arrojados de un agua única y primigenia
Nada se diferencia de lo que somos y nada de lo que es está fuera de nosotros.
Tú resumes las viejas tribus, las cacerías,
los primeros valles sembrados
y mi sed recoge en ti toda la saga de
este mundo. No son mitos,
el mito es la mentira:
que sólo existimos una vez,
que cada uno es sólo uno.
Todos viven en ti y tú vives.
Las olas del tiempo inmemorial
y las estrellas.
Oh sí manto mío de mis estrellas;
la noche te habla antes de sucumbir
al día, las grandes batallas perdidas,
el pasto de los antiguos clanes y de las tribus
remontando por nuestros cursos el corazón
de los caminos del corazón y tus tocadas praderas.







Guárdame en ti

Amor mío: guárdame entonces en ti
en los torrentes más secretos
que tus ríos levantan
y cuando ya de nosotros
sólo que de algo como una orilla
tenme también en ti
guárdame en ti como la interrogación
de las aguas que se marchan
Y luego: cuando las grandes aves se
derrumben y las nubes nos indiquen
que la vida se nos fue entre los dedos
guárdame todavía en ti
en la brizna de aire que aún ocupe tu voz
dura y remota
como los cauces glaciares en que la primavera desciende.










Inscripción 178


Te hablan ahora las rompientes de tu vida
Te cuentan de las falsas Itacas,
del naufragio en costas remotas
de tu cansancio doblándote hacia las olas
Te dicen que más allá está el final
de la tierra
que allí el mar se derrumba, que tu mar
amado se derrumba y que los barcos
nunca han vuelto
Te hablan en tu propia noche los temores

Que suenen entonces como algo que se
despierta estos poemas
como algo que está en tí, como algo que cruce el mar y se despierta.








Bruno se dobla, cae

Al frente las montañas emergen como una gasa
de tul curvándose contra las sombras. La nieve
de la cordillera fosforece levemente, como una
gasa que flota. Arriba de las infinitas estrellas y el
cielo negro. Las palabras son leves, las estrellas son
leves.

Escuché un campo interminable de margaritas
blancas. Se doblan por el viento, el cielo es negro.
Oigo el gemido de los delgados tallos al doblarse.
El sonido es chirriante, agudo. Cuando el viento
cesa vuelve el silencio.

Bruno. Solo es una línea blanca que cae y se
levanta. Arriba de la línea todo es negro y abajo
también. Antes está la playa, lo sé, después
el mar hasta el horizonte y luego el cielo. La noche
es una caja cerrada negra, abajo la línea de la
rompiente suena y es blanca.

Bruno era mi amigo.




***


Las ciudades pequeñas son blancas en la noche.
Adelante está el mar, de él solo se distingue la
línea blanca de la espuma de la rompiente. El mar,
la noche cerrada.

Escucho al conejo encandilado frente a los focos.
Arriba, la gasa de la nieve de las montañas parece
un tul que le fuera a caer cubriéndole la pequeña
mancha de sangre que ha emergido de su pelaje
pardo. Los focos iluminan otros blancos, otros
pequeños pelajes con sangre.

Una pequeña mota roja de sangre cubierta con la
gasa de la nieve de todas las montañas.

Susana es pequeña.


***


La tierra que cubre a Bruno es negra. La cara de
Bruno es blanca. Pero no sé si es tierra y no sé si
es agua negra o es aire negro. La cara de Susana
también es blanca bajo el aire o el agua o la tierra
negra.

Escucho el sonido de las margaritas al doblarse.
Susana es una amiga bajo el campo negro de
margaritas blancas.

A pique el cielo negro cae sobre el mar, sobre el
campo negro, sobra la nieve como gasa de las
montañas. Arriba las estrellas se doblan al unísono
de las margaritas bajo el viento. Las estrellas no
emiten sonido alguno, los tallos de las margaritas
gritan y los oigo.

Susana dice palabras bajo el campo o el agua o la
tierra.






***

Recuerdo un pasaje de mar. Sobre el horizonte
el cielo tiene una diafanidad infinita y escucho
el silencio que se vuelve inmenso. Bruno era mi
amigo. Susana es ahora miles de Susana. El
silencio me recuerda un camino de asfalto al lado
de las montañas y el pequeño conejo encandilado,
inmóvil. Me detengo y vuelvo. En el hocico tiene
una leve mota de sangre, también en el pelaje del
cuello, casi no tiene peso en mis manos. Oigo el sonido de las margaritas al doblarse.

Casi no pesa. Sus incisivos suavemente enrojecidos
parecen chirriarle a la luna. Susana tiene los
dientes apena rojizos. Su boca abierta le enseña
los dientes apenas rojizos a la luna, como un
chirrido.

En la imaginación redacto cartas desvastadas de
amor.





***


Las patas delanteras dobladas, recogidas contra el
hocico entreabierto. Sus diminutas garras negras
de tierra dejan ver los incisivos enrojeciéndose.
Miles de pequeños incisivos punteados de sangre
y la noche. Miles de cartas llena de amor
aguándose como un pequeño copo de sangre
bajo la gasa de la nieve, bajo la venda de tul de
la nieve de todas las montañas.

Susana dice palabras doblada bajo el campo o el
agua o el aire negro. Bajo la tierra de las diminutas
garras.

Las pequeñas garras del conejo atropellado. Sus
diminutas garras y la tierra negra del campo
endurecida en su revés. Sus ojos terrosos
acumulándose como dos montoncitos de tierra
en la noche negra. El cielo es negro, hay margaritas.
Sus ojos enterrados bajo la tierra campestre que
acumulan todas las minúsculas garras.

Los ojos vaciados. Bruno se dobla, cae.




***




Las minúsculas garras negras y el pelaje pardo.
Los albos incisivos abiertos se van enrojeciendo
suavemente. Más atrás, sobre el cuello, los pelos
pegajosos de pequeñas manchitas de sangre se
han rigidizado como púas. Imagino el cuchillo
entrando en el cuello, luego en los ojos. El
cuchillo sube y baja como la línea blanca de la
rompiente en la noche cerrada. En las manos el
pequeño cuerpo se dobla. Bruno se dobla, cae.

Las estrellas en la noche se doblan como las
margaritas y las motas de sangre en el pelaje pardo.
Los tallos de las margaritas chillan al doblarse.
El culatazo y su cuerpo casi sin peso doblándose.
La gasa de la nieve blanca de las montañas se
enrojece levemente igual que los dientes bajo el
diminuto hocico.

Los dientes de cientos de Susanas se enrojecen
levemente bajo sus labios, bajo la boca de la noche.

Ah el mar, el mar bajo la noche.








***


Bruno está muerto, Susana está muerta. El campo
negro y atrás la gasa sanguinolenta de la nieve de
las montañas. La rompiente blanca sube y baja
adelante. Las ciudades pequeñas son blancas
en los caminos de noche. Se asemejan a copos de
luz apareciendo de pronto y luego nada. Alguien
los vio y ahora son miles de caras blancas, con
los dientes levemente enrojecidos y las cuencas
de los ojos vacías. Mis caras de amor. Luego nada.

Cruzo pueblos pequeños en la noche. Cruzo
pelajes moteados de sangre. Ambos son leves.
Bruno es leve, Susana ahora es leve.

Las palabras de amor son leves, como la noche es
leve, como los tallos de las margaritas, sin
embargo ellos chillan cuando el viento los dobla.
Chillan y yo los escucho. Mis cartas de amor son
leves. Tiene pequeñas motas de sangre y saliva,
acuosa.

Vuelvo a casa, dice Bruno. Susana también dice
que vuelve a casa.








Se dobla, cae

Bruno es una pequeña garrita negra. Susana es
ahora una pequeña garrita negra. Las margaritas
se doblan chirriando. Están las margaritas, la
nieve de gasa de las montañas. La línea de la
rompiente.

Yo lloro una patria enemiga.

Las pequeñas ciudades blancas esperan a Bruno,
las pequeñas ciudades blancas iluminadas por los
focos en la noche esperan a Susana. Es día, ellos
ya no están y lloro.








EL DESCENSO
De INRI

Te palpo, te toco, y las yemas de mis dedos, habituadas a
seguir siempre las tuyas, sienten en la oscuridad que
descendemos. Han cortado todos los puentes y las
cordilleras se hunden, el Pacífico se hunde, y sus restos
caen ante nosotros como caen los restos de nuestro
corazón. Frente a la muerte alguien nos ha hablado de la resurrección. ¿Significa eso que tus ojos vaciados verán?
¿que mis yemas continuarán palpando las tuyas? Mis
dedos tocan en la oscuridad tus dedos y descienden
como ahora han descendido las cumbres, el mar, como
desciende nuestro amor muerto, nuestras miradas
muertas, como estas palabras muertas. Como un
campo de margaritas que se doblan te palpo, te toco, y
mis manos buscan en la oscuridad la piel de nieve con
que quizás reviviremos. Pero no, descendidas, de las
cumbres de Los Andes sólo quedan las huellas de estas
palabras, de estas páginas muertas, de un campo largo y
muerto de flores donde las cordilleras como mortajas
blancas, con nosotros debajo y aún abrazados, se hunden.


* * *


Las heladas montañas se derrumban sobre sí mismas y
caen. Tal vez el mar las acoja. Hay tal vez un mar donde
los cuerpos helados caen. Quizás Zurita eso sea el mar.
Un limbo donde los cuerpos caen. Habrán también
margaritas. Margaritas en el fondo del mar, en el fondo
del mar de piedras. Tal vez las margaritas amen a las
heladas montañas. Tal vez los encadenados cuerpos las
escuchen gemir. En una tierra enemiga es cosa común
que las margaritas giman escuchando caer las cordilleras.


* * *



El Pacífico se desprende de la línea de la costa y cae. Fue
primero la cordillera y ahora es el mar que cae. Desde la
costa hasta el horizonte cae. En una tierra enemiga es
cosa común que los cuerpos caigan, que el mar se
desprenda de la costa y caiga como las margaritas que
gimen escuchando a las cordilleras hundirse donde el
amor, donde tal vez el amor Zurita gime llorando porque
en una tierra enemiga es cosa común que el Pacífico se
derrumbe boca abajo como un torso roto sobre las piedras.


* * *


Los Andes son estrellas muertas en el fondo del mar de
piedras. El Pacífico también es una estrella muerta en el
fondo del mar de piedras. Debajo de las piedras el
sepulcro del mar y de las cordilleras es como una noche
cuajada de margaritas y estrellas muertas. Las estrellas
muertas de Los Andes y del Pacífico se cruzan en el fondo
de las piedras. Las margaritas se doblan ante la cruz y
gimen. En una tierra enemiga es cosa común que las
estrellas formen una cruz sobre nuestras caras muertas.


* * *


Las montañas se abrazan en el fondo, el mar es de piedras y
se abraza. Quizás las montañas y el mar duermen. En una
tierra enemiga es común que los cuerpos se abracen abajo
como si durmieran. Campos infinitos de margaritas
descienden hasta el borde de la playa donde antes estaba el
Pacífico. Otros campos lo hacen hasta donde estaban las
cordilleras. Las cordilleras y el mar yacen abajo y se
abrazan. En una tierra enemiga es cosa común que el mar y
las montañas se abracen boca abajo como si durmieran.


* * *


Te palpo, te toco, y las yemas de mis dedos buscan las
tuyas porque si yo te amo y tú me amas tal vez no todo
esté perdido. Las montañas duermen abajo y quizás las
margaritas enciendan el campo de flores blancas. Un
campo donde Los Andes y el Pacífico abrazados en el
fondo de la tierra muerta despierten y sean como un
horizonte de flores nuestros ojos ciegos emergiendo en la
nueva primavera. ¿Será? ¿será así? las margaritas
continúan doblándose sobre el mar difunto, sobre las
grandes cumbres difuntas y en la oscuridad, descendidos,
como dos envanecidas pieles que se buscan, mis dedos
palpan a tientas los tuyos porque si yo te toco y tú me
tocas tal vez no todo esté perdido y, todavía, podamos
adivinar algo del amor. De todos los amores muertos que
fuimos y de un campo de flores que crecerá cuando
nuestras mortajas blancas, cuando nuestras mortajas de
nieve de todas las montañas hundidas nos besen boca
abajo y nos vuelvan para arriba las erizadas pestañas.



El desierto


Abajo las infinitas piedras del desierto, montañas de
piedras, laderas, infinitas piedras sobre desierto como
un mar. Arriba el cielo, el cielo azul que cae. Las piedras
gritan al estrellarse con el aire, con el cielo que cae.

El desierto grita. Hay un muro de cal con nombres. Hay
un muro blanco y pequeñas botellas con flores de plástico
que gritan al doblarse bajo el viento.

Un poco más lejos hay un barco. Nadie diría que puede
haber un barco en el medio del desierto. Es un barco
grande, herrumbroso, recostado encima de las piedras.
Nadie lo diría, pero está allí. El mismo cielo que cae sobre
las piedras cae sobre él. Todas las piedras gritan.

Gritan, el desierto de Chile grita. Nadie diría que esto
puede ser, pero gritan.









Hay un barco en medio del desierto. Un barco reclinado
sobre las piedras del desierto y arriba la losa a pique del
cielo. El oceano invertido del cielo cae sobre las piedras y
éstas gritan. Nadie, salvo las piedras son capaces de gritar
así. Mireya se tapa los oídos para no oír el chillido del
desierto. Chile grita, el desierto de Chile grita. Mireya
acumula pequeñas flores de plástico frente a un barco
arrumbado en el pedrerío.

Están las costas, las tercas costas sin mar trepando para
atrás sobre las olas muertas de los cerros.

Mireya dice que es la madre de Chile. Que es la madre de
un barco reclinado en medio del desierto.









De lejos parece una mancha negra, pero es un barco.
Debajo de las piedras amontonadas contra su casco
asemejan olas. Pero no son olas, son solo piedras y
gritan. Las rompientes encaramadas gritan. Está
también el sol cayendo a pique y flores de plástico
coloreadas como soles minúsculos. Está el mar del
desierto, está el mar de piedras del desierto hirviendo
frente a Chile.

Están las diminutas flores y las costas gangrenadas del
mar reseco.

Mireya les pone nombre a cada una de esas flores. Ante el
barco parecen minúsculos soles despidiéndolo.













El desierto grita, el puerto reseco grita, el mar de piedras
grita azotado por el viento. Mireya le pone flores a la
tripulación de un barco herrumbroso y negro. Cada flor
tiene un nombre y se doblan juntas como pañuelos
despidiéndolo. Mireya dice que es la madre de un barco
de desaparecidos arrumbado en el desierto. Dice que el
barco es Chile, que una vez fue un barco de vivos, pero
que ahora surca el mar de piedras con sus hijos muertos.

Las flores se doblan. Oleadas y oleadas de piedras chocan
contra los bordes de un casco herrumbroso.

Hay un puerto reseco y un barco con una tripulación de
muertos encallado en la mitad del desierto. Mireya dice
que son sus hijos. El mar de piedras grita.

Chile encalla y naufraga en el pedrerío reseco de las olas.








Un mar de muertos se está hundiendo entre las piedras.
El sol a pique ilumina una noche que desciende en el
sepulcro del desierto. Está la mancha como una fosa. El
barco desciende, los paisajes muertos descienden
mientras las empedradas olas se cierran arriba
tapiándolos. Está la noche en medio del día, están las
piedras que gritan.

Está la bruma de la noche del desierto hundiéndose en
pleno día. El barco muerto se hunde bajo la bruma de las
piedras y éstas chillán. Chile naufraga y el mar reseco se
cierra cubriéndolo, se cierran las olas de piedras y gritan.

La noche herrumbrosa y negra se hunde gritando en el
desierto.

Un barco de desaparecidos se hunde y las rocas muertas
se cierran encima chillando. Mireya se tapa los oídos y
pone flores de plástico frente a la fosa de las costas
muertas, de la noche muerta, de sus hijos desaparecidos
y muertos en los océanos piedra del desierto de Atacama.






Naufraga, se hunde. El barco herrumbroso se hunde y el
desierto se cierra sobre él cubriéndolo. Se cierra y Chile
se hunde, la cornisa muerta del Pacífico se hunde, la proa
muerta de los paisajes se hunde mientras las piedras
cayéndoles encima gritan que nada está vivo, que ya
nada vive, que si uno murió por todos es que todos están
muertos.

Los arenales muertos se cierran, la tumba de los paisajes
muertos se cierra.

Las resecas olas se cierran. Mireya dice que hay un barco
en un tierral de muertos. Que está allí, que una vez hubo
un país, pero que ahora es sólo un barco tapiado bajo el
mar muerto de sus paisajes.

Dice que si uno murió por todos todos los mares muertos
son uno, las costas muertas son una, las clamantes
piedras son una y que es el silencio la roca que tapió el
sepulcro de los paisajes. Ella dice que uno murió por
todos y que por eso hasta las piedras son el cuerpo que
grita mientras se clavan las llanuras muertas sobre Chile.








En las noches del desierto hay bruma, pero ahora es el sol.
Las piedras hierven bajo el sol y se clavan contra el casco
herrumbroso. Inmóvil el barco parece hundirse. Nadie
diría que un barco puede hundirse en medio del desierto,
pero se hunde. Vendrá en la noche la bruma, pero ahora
es el sol.

Hay una cruz. Hay un barco herrumbroso y negro que
naufraga sobre las piedras.

Quién diría de un país con una cruz hundiéndose en el
desierto. Quién diría de la noche sepultándose en la
mitad del día. Quién de una tumba clavada en medio del
día lleno de sol.

La noche se hunde en medio del día. Mireya dice que hay
un barco lleno de muertos hundiéndose en el desierto.






Todo ha sido consumado. El casco herrumbroso y negro
desaparece en el mar de piedras. El cielo cae encima de
ellas y éstas gritan. Hay un muro blanco rayado con
nombres y flores de plástico abajo. Hay una llanura y las
rompientes resecas del cielo que caen derrumbándose
igual que un tierral de muertos sobre el sepulcro de los
paisajes. Todo ha sido consumado. Mireya dice que todo
ya ha sido consumado.

Las rugosas rompientes caen, el mar difunto cae como un
montón de tierra. Los paisajes muertos caen como mares
de tierra.

Hay un barco de desaparecidos y muertos y encima las
piedras del desierto. Hay un muro blanco de cal con
nombres y detrás el océano de tierra cayendo sobre las
últimas planicies. Mireya dice que ya todo ha sido
consumado y deja pequeñas flores de plástico sobre la
planicie del pedregral que expira, ella dice que es el último
mar y que expira.

Que son las últimas piedras sobre un barco de muertos y
que expiran. Que Chile expira. Que solitario es usted el
último grito que expira bajo el INRI final de los paisajes.








In memoriam



Hay un barco en el desierto. Quién diría que esto
puede ser, pero hay un barco herrumbroso y negro
hundido en el desierto.













EL NUEVO ESTRECHO


ZURITA

Poema de amor



Y ya casi amanece y no puedo parar
de llorar; de llorar primero por ti
que te enamoraste de un viejo con
Parkinson, y después llorar por
las que me tomaron de los brazos
para que no me fuera y yo también
lloraba como cuando niño pero igual
me fui viejo culeado que ni siquiera
tuviste el culo de matarte y siempre
optaste por ti egoísta de mierda viejo
conchadetumadre paloma arrancá,
arrancá palomitay que no te conviene.




ZURITA
Poema de amor

Y ya casi amanece y siento mis
lágrimas correr por mi cara y son
como cuchillos cartoneros las
lágrimas cortándome la cara. Me
hiero y me desangro y mi sangre
está repartida por todos partes
como si me carnearan. Sobre todas
las cosas, en todas las cosas y yo
no puedo, no tengo corazón, no
tengo fuerzas, no tengo valentía.
No es nada ¿sabes?
Duerme
entonces niño, que el mar duerma,
que la inmensa desventura duerma.








IN MEMORIAM

Rodrigo Marquet



Tu cara Rodrigo Marquet, la cara más hermosa
que han visto mis ojos:
elegantísimo, camisa verde de seda, corbata gris,
chaqueta también de seda.
Así te vistió tu hermano Teo, Pablo, para la
última pose, para mi última mirada,
tus ojos
de flores entreabiertas.
Y yo trataba de besarte sobre el cristal y era como
si tú también trataras
y un rouge imaginario se me pegaba al vidrio
y mis lágrimas y mi saliva se iban quedando
encima, pegajosos,
igual que aguadas de nubes sobre la mirilla.
Nunca se publicaron tus poemas
y acerca de los detalles técnicos: suicidio,
accidente,
qué se sabe del último minuto.
Trataba de besarte en la boca y el rouge se me iba
quedando pegado al cristal
y era como si tú, sonriendo, abrieras tus labios
diciéndome bien, está bien, besémonos.
En cuanto a si habrías estado o no en la noche
de las banderas,
tampoco son cosas fáciles de responder;
tú de bruces
sin amor, en un cuarto pequeño dos meses antes.

Y sobre tus poemas: me importaban más tus labios
y la dureza del vidrio,
tú sabes; todos los poetas somos amantes e inéditos.






SAQUÉ ENTONCES TUS RESTOS




Saqué entonces de encima mío
tus restos y despertando
miré tu boca abierta
y tus dientes chirriándole
a la luna, tus uñas aún clavadas
en mí y eran tus dientes,
cada una de tus uñas, los
pedazos muertos de mis países




Tú serás entonces mis países y era como el mar .. como
nuestros adheridos pedazos despertando

Abriéndose paso entre las últimas resacas .. allí donde el
corazón del cielo palpitando se alza y son las venas los
torrentes subiendo

Abriendo el nuevo estrecho del mar en el cielo mientras
estallan las espumas de las nubes sobre los arrecifes del
horizonte .. Estallará el cielo grita el Pacífico elevándose
desde sus rompientes hasta donde estarán ahora los países
hasta allí donde de todo un sueño estarán los países .. hasta
allí donde estarán los vientos y serán los vientos tus países







LAS PRIMERAS LUCES





Tomé entonces tu brazo yermo
ya tocado por las primeras
luces y lo abracé a mi cuello
como si fueras tú atrayéndome
a tu boca y nuestras caras
tan juntas y tus obscenidades
ronroneadas a baja voz
como las olas de un mar calmo
donde nunca ni nadie se muere

No comments: